El despertador

Como dije en mi última entrada, continuaré enumerando algunos de los acontecimientos que me han llevado a la plenitud en la Transpirenaica. Los enumeraré sin orden cronológico alguno, tal como vayan saliendo, aunque las fotos sí tendrán relación con el paso del tiempo.
Durante la excursión siempre usé dos despertadores, el del reloj digital de pulsera y el del móvil. Ambos estaban programados para las cuatro de la madrugada. Segundos antes de que sonara el teléfono, lo hacía el aparato de la muñeca. Entre las cinco y las siete debía ponerme en marcha. Nunca logré hacerlo antes de las seis y cuarto, ya que tampoco lograba iniciar nunca el descanso antes de las doce de la noche, después de montar la tienda, "lavarme" con un trapo húmedo, actualizar el blog y cenar.
A partir de las cinco de la madrugada se producía uno de los milagros que me han transformado. De repente, mientras copulan la noche y el día... el primer canto... el canto del pájaro más madrugador... y detrás de ése... otro... y otro... y otro más... Pues bien, tras miles de despertares en mi vida, ha sido en la Transpirenaica cuando he aprendido a medir por la mañana el paso del tiempo y saber la hora que es, sin necesidad de mirar el reloj o abrir los ojos para captar la intensidad de la luz del nuevo día. Cuando eran más o menos diez los miembros de la orquesta, significaba que se estaban dando las seis. Y si era muy grande el alboroto... había que salir disparado del saco porque me acercaba peligrosamente a las siete, la hora límite para ponerse a andar.
Foto: Key, Carlos y la tropa cervecera comiendo el día 24 de mayo en Castellón. Gracias por la invitación, amigos.
Comentarios
Los pájaros de la ciudad comienzan a cantar más tarde de las seis, jejeje.