Jugando con el 10 (1)

No me gusta escribir sobre el pasado. Pero debo hacerlo, aunque solamente sea para retrasa  la demencia que tarde o temprano apararecerá, quizás poco a poco, y de forma silenciosa.
El día 31 de agosto,  seguramente al cerrar la oficina, el encargado de sellar las credenciales en Roncesvalles debió extrañarse al ver aquel billete de 10 euros dentro de la pequeña caja de madera que tiempo atrás servió para transportar y conservar puros.
La propina no es gran cosa, pero en los tiempos que corren, no es normal que los peregrinos de desprendan de esas cantidades, más aún cuando estampar el sello resulta siempre gratuito.
Aquellos 10 euros eran los últimos que me quedaban, tras dejarle de propina unas monedas sueltas a la recepcionista del hotel en Pamplona, por portarse bien, es decir, por mostrar en su cara una sonrisa sincera al hablar conmigo, cosa que últimamente resulta cada más difícil encontrar por el mundo adelante. A diferencia de la recepcionista de la noche, aquella muchacha era un encanto de esos que te alegra el resto del día.
El muchacho que vació la pequeña caja de caudales y estampó el primer sello de la travesía en la pernera derecha de mi pantalón, nunca debió saber a qué se debía aquel billete de 10 euros, aunque algún diario digital de Navarra sí se hizo eco de la excentricidad.
Sea como fuere, al depositar el billete a través de la ranura en la cajita de madera, tuve una sensación extraña, nunca experimentada hasta el momento, una mezcla de miedo y liberación interior al quedar sin dinero y enfrentarme al mundo partiendo desde cero, por lo menos durante unos días, que yo había previsto fueran 10.
El hecho de salir de Roncesvalles sin dinero tuvo el primer premio en Los Arcos, una villa bulliciosa que aprovechaba las últimas horas de una tarde inolvidable. Al cruzar la calle principal, donde se encuentra la bonita iglesia que da el nombre, tuve la sensación de pertenecer a otra época mientras cruzaba entre  las terrazas de los bares y los viandantes. Todo aquello era extraño, ajeno e inaccesible para mí... inalcanzable para alguien que sale de una puerta del tunel del tiempo y se ha olvidado la cartera o se ha traído su moneda.


Iglesia de Castrojeriz después de amanecer.

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