Once. La llanura (6)

Al día siguiente estaba muy cansado, debido, probablemente, al esfuerzo realizado  la jornada anterior en El Lobo, en cuya ascensión tuve que  agarrarme fuertemente a la maleza para poder ascender... tropezando, cayendo, arrodillándome, levantándome, resoplando... todo ello para avanzar solo unos míseros metros.
Comencé el día bebiendo  todo cuanto pude intentando recuperarme de la deshidratación. Y atajando en los caminos, ya que siempre me quedaba a la izquierda la cordillera que llega casi a Portugal. 
Pero, la verdad, en vez de atajar, atrasaba, debido a las alambradas y los pequeños valles con riachuelos que no se aprecian en la llanura desde lejos.
Tras meter la pata en varias ocasiones, decidí volver al asfalto, más seguro cuando se camina sin mapas ni GPS. Y también saqué alguna conclusión tras realizar unos cálculos. 
Si se toma un atajo en línea recta para evitar una gran curva, se deben contabilizar también los metros extras de las subidas y las bajadas que nos encontremos en el camino, pues ellas también son  curvas en "uve", aunque verticales.
En el estado general en que me encontraba, decidí descansar antes de lo habitual, en torno a las nueve, ya bien entrada la noche. 
En la plaza de un pueblo encontré fuente pública y parada  de autobús, donde estiré el saco, con poco acierto, ya que, a pocos metros, estaba el bar. Me dí cuenta de ello porque la gente salía a fumar y a charlar. Y, ya se sabe, en medio de los  pueblos aislados y esteparios, donde casi no hay contaminación acústica , las palabras y las conversaciones que no interesan resuenan mucho e incordian, a diferencia de las campanadas, que prolongan dulcemente la duración del tiempo.
Una vez que cerraron el bar, el personal continuó charlando y fumando en la calle.  Una vez que comenzó a llover, la gente le escapó al agua y se refugió en el mismo lugar que lo había hecho yo. 
Se dieron cuenta de mi presencia. Pero siguieron charlando y fumando hasta que se cansaron, casi hasta el momento en que me volví a poner en pie, a eso de la 1 de la madrugada.
Bebí todo lo que pude en la fuente antes de abandonar el pueblo.
Continuaba lloviendo.
No he dicho que día de la semana era, ni qué día de mes.
Todo ello da igual y tiene poca trascendencia. En un tiempo infinito no hay fechas, no hay  antes ni después... nadie, absolutamente nadie, podrá ser inmortal aunque figure en mil papeles o archivos digitales.  

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