5 montañas a pelo. La noche perfecta para... (8)

Intentando arreglar la cremellera poco antes de salir

Cuando me di cuenta, ya no pude ocultar mi presencia y tropecé con un individuo que salía del vehículo ayudándose de una frontal con leed rojo muy mortecino, una linterna con tan baja intensidad que me hizo sospechar aún más. No cruzamos palabra alguna. Yo pasé de largo y él sacó algo del maletero.

-Si es un asesino, o un furtivo, nada puedo hacer ya -comenté en mis adentros.

Unos metros adelante, sobre una pequeña explanada o pradera, más coches y más individuos, todos con los faros apagados y con las diminutas luciérnagas rojas en sus cabezas.
Tardé en comprender lo que allí estaba pasando hasta que levanté la cabeza y  miré al firmamento... casi helaba; la luna, nueva; la noche, muy limpia y estrellada; la pequeña meseta orensana por la que caminaba, bastante elevada; el lugar, sin contaminación lumínica y muy alejado de los grandes centros de población... ¡Cómo no habría caído antes!
Estaba en un lugar de encuentro, casi sagrado. Uno de esos puntos que reúnen buenas condiciones para quedarnos pasmados mirando el cielo con la cabeza fuera del saco. O sentados en una silla, con una manta y los instrumentos necesarios.
¡Por eso nadie se metió conmigo y por eso estaban todas las luces de los coches apagadas!
¡Por esa razón todos andaban alumbrando con aquellas míseras luciérnagas!
Respiré profundo y me volví a perder en medio de la oscuridad y el silencio.
Pero ya estaba muy cansado, así que comencé a buscar un lugar apropiado para anidar y escaparle a la insoportable verticalidad.
Hacía mucho frío y la hierba estaba cubierta de rocío. Si me estiraba, seguro que comenzaría a tiritar, así que continué caminando hasta topar con un pueblo, para aprovechar el abrigo familiar y sicológico del alumbrado público o, mejor aún, el calor desprendido por las piedras de un muro refractario orientado a la solana, como si fuera un racimo de uvas.
Desde lo alto busqué el campanario. Abrí la puerta para acceder a lo que fue en su momento camposanto y me senté en el asiento de piedra del claustro. Los perros me detectaron, aunque sabía que tarde o temprano enmudecerían.
No tenía nada. Debía escoger entre el frío y duro empedrado del suelo o la hierba cubierta de rocío.
Y, además, había corriente en la única esquina del recinto techado, pero abierto por dos frentes.
Las zapatillas hicieron de almohada y las plantillas de esterillas. Una en la cadera y la otra bajo el brazo izquierdo, sobre el que descansaba el tronco, de lado.   

  

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