5 montañas a pelo. Tercer asalto de la cuarta noche (9)

Probando los bolsillos del mono

Al afrontar aventuras con pocos medios, lo que más me preocupa y me  intriga al mismo tiempo es cómo afrontaré las noches. Más aún cuando son muchas las horas con frío y oscuridad.
La primera noche fue a dos asaltos; cortos y con temperaturas moderadas. Pude aguantar y gané por puntos. Debo recordar que hizo más frío en septiembre que en octubre y que, en este último mes, se batieron récords de máximas en España.
La segunda y la tercera noche también estuvieron divididas en dos asaltos cada una de ellas. Fueron llevaderos.
La cuarta fue, de todas, la única que tuvo tres periodos bien diferenciados. En el primero pude aguantar hasta que llegué al pórtico de la iglesia de San Fiz de Baños, cerca de A Veiga. Incomodé a los perros del lugar, y también a alguno de sus amos. Un paisano incluso salió al balcón en pijama, ya que no es muy común ver a alguien entrar en el pueblo a las 2 de la madrugada.
Llegué victorioso al pueblo pero, en el segundo asalto, en el que tocaba pelear con el duro suelo a una distancia demasiado corta, casi me deja ko. Por eso decidí levantarme rápido y continuar caminando, la única manera de entrar en calor mientras buscaba entre la maleza del monte un lugar más acogedor.
Lo encontré a las 6 de la mañana en el medio de un campo casi helado, lejos de cualquier núcleo habitado. En la planta baja del alpendre, una vaca rumiando. Arriba, sobre tablones viejos roídos por el tiempo y la carcoma, restos de paja y de heno.
Aunque el frío entraba por el hueco que nunca debió tener puerta, y por entre la pared y el voladizo del tejado, allí me estiré, con la vana esperanza de adormecer gracias al calor desprendido por el rumiante y el estiercol fermentado.
No logré dormir, pero sí mantener seca mi única prenda de vestir.
    

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